Adriana Zaharijević
Filósofa, Instituto de Filosofía y Teoría Social, Universidad de Belgrado
Publicado originalmente en el portal The Guardian
Cuando hay un derrumbe de parte de un edificio porque es viejo, como ocurrió en Dresde hace unos meses, la gente responde naturalmente con incredulidad y desaprobación de las autoridades. La historia es distinta cuando se derrumben edificios nuevos causando la muerte de personas. Esto es lo que ocurrió el 1 de noviembre del año pasado con una marquesina de hormigón ─ restaurada sólo unos meses antes ─ de una estación de ferrocarril en Novi Sad, la segunda ciudad más grande de Serbia. Las protestas y la indignación estallaron y no han hecho más que aumentar desde entonces, hasta el punto de que resulta imposible incluso para un régimen autoritario ignorarlas, desestimarlas o restarles importancia.
Quince personas perdieron la vida en el derrumbe repentino de una estructura que había sido renovada y luego inaugurada con gran pompa por los más altos representantes del gobierno en julio de 2024. La reacción inicial de la opinión pública serbia fue de silencio atónito. Los poderes fácticos, sin embargo, restaron importancia al suceso, incluso afirmando que, a pesar de la tragedia, “Serbia no puede detenerse”. No hay tiempo para el dolor ni para las preguntas. Muy posiblemente, como en tantas ocasiones anteriores, las instituciones responsables de abordar las causas profundas de semejante tragedia nacional harían la vista gorda y pospondrían la investigación hasta el infinito. Encubriendo una serie de actividades corruptas y delictivas, las instituciones empezaron a trabajar para una oligarquía en el poder. En sus doce años de gobierno, el régimen ha conseguido apoderarse tanto del Estado como de la sociedad serbia.
Pero entonces llegaron los/as estudiantes. A finales de noviembre, se celebraron frente a varias facultades las primeras vigilias pacíficas colectivas en honor silencioso de las quince víctimas de la marquesina. La que tuvo lugar frente a la Facultad de Arte Dramático de Belgrado fue violentamente interrumpida por un grupo de matones, que se hicieron pasar por conductores impacientes. Poco después se descubrió que estaban estrechamente relacionados con el partido gobernante, algunos de ellos sus miembros. Las revelaciones se hicieron más llamativas cuando el presidente serbio salió en la televisión nacional para defender a los agresores. Se descubrieron otros casos de comportamiento violento y provocador: personas próximas al régimen recibieron instrucciones de perturbar intencionadamente los momentos de silencio. Para defender los negocios de la oligarquía, la violencia no sólo estaba permitida, sino prescrita.
Tras sufrir uno de los primeros ataques de este tipo, los/as estudiantes de la Facultad de Arte Dramático declararon la huelga y el bloqueo de su edificio universitario. Inmediatamente se les unieron sus profesores/as. En las semanas siguientes, una tras otra, las distintas facultades de Belgrado, Novi Sad y Niš, así como Kragujevac y un poco más tarde Novi Pazar, siguieron su ejemplo paralizando el funcionamiento de sus centros, hasta que todas las universidades públicas de Serbia se declararon efectivamente en huelga. A finales de diciembre, a los estudiantes universitarios se unió un número significativo de alumnos/as de secundaria en solidaridad con sus colegas mayores. Los/as profesores/as, por su parte, llevan mucho tiempo sintiéndose mal pagados e devalorados, un descontento que no hizo sino aumentar tras los tiroteos masivos de mayo de 2023. De repente, las instituciones responsables de la educación de los futuros ciudadanos y ciudadanas, descuidadas durante años, se encontraron en el centro de la tormenta. Ante el creciente número de institutos que interrumpían su actividad, el gobierno respondió con un intento de terminar el semestre de invierno antes de tiempo y cerrar las escuelas durante las vacaciones. No todos lo acataron y permanecieron en las escuelas desafiando la orden ejecutiva del gobierno. Surgieron otros aliados para lo que ahora era un movimiento creciente en todo el país: los/as trabajadores/as del campo ─ también descontentos/as con la forma en que el gobierno les había tratado durante años ─ apoyaron las demandas de los/as estudiantes. El Colegio Nacional de Abogados fue el siguiente. Las representaciones teatrales terminaron con los actores sosteniendo pancartas en las que se leía: “Los estudiantes se han levantado. ¿Y los demás?”. El público tampoco permaneció indiferente: unas 100.000 personas se concentraron el 22 de diciembre en la plaza Slavija de Belgrado, guardando un silencio ensordecedor durante 15 minutos.
Las reivindicaciones de las protestas estudiantiles pueden parecer menores. Los/as estudiantes decidieron permanecer en huelga, ocupando los edificios universitarios, mientras las instituciones no demuestren que harán su trabajo, sin impedimentos del régimen y hacia el interés público y de las personas cuyas vidas literalmente han pasado a estar en peligro debido a la captura del Estado. Así, la principal exigencia ─ y la más difícil de satisfacer ─ se refiere a la publicación de toda la documentación relacionada con la reconstrucción de la estación de ferrocarril de Novi Sad. Las otras dos ─ identificación de los responsables de las agresiones a estudiantes y profesores durante las vigilias pacíficas e incoación de procedimientos penales contra ellos; y retirada de los cargos penales contra los estudiantes detenidos o encarcelados y suspensión de los procedimientos en curso ─ son las peticiones de justicia o sea una justicia que no discrimine entre la gente corriente y la oligarquía. La cuarta reivindicación, aumentar el presupuesto para la enseñanza superior en un 20%, tiene que ver con la restauración de la dignidad de la producción de conocimiento. Pero no son las exigencias en sí, sencillas y audaces, lo que más preocupa al régimen. Lo que resulta tan novedoso y sorprendente es la afirmación de los estudiantes de que ninguna de estas demandas es competencia del presidente, Aleksandar Vučić, hasta ahora el único negociador y la única figura relevante de la política serbia, apoyado por igual por el Este y el Oeste como supuesto garante de la estabilidad de los Balcanes que, por lo demás, son siempre volátiles. El mensaje que resuena en todas las protestas de los/as estudiantes es muy claro: Vučić no es el único responsable en responder y solcuionar las demandas. Vučić no es el Estado, la institución debe ser librada de esa capturada.
Los/as estudiantes no han caído en la imitación del autoritarismo del presidente, al revés funcionan como una pluralidad, sin líder, sin representante determinado. Son muchos, con diferentes rostros que aparecen en los pocos medios de comunicación independientes que los quieren, deciden colectivamente cada paso en las reuniones plenarias (plenum), mediante prácticas democráticas directas de votación y armonizando sus órganos de voto a nivel de la universidad, en todas las universidades. En los últimos dos meses, a pesar de las invitaciones del presidente a sentarse durante sus innumerables apariciones diarias en los medios de comunicación (intercaladas con amenazas, acusaciones y velados llamamientos a la violencia), los estudiantes se han mantenido firmes: sus demandas son claras y directas, y no puede haber negociaciones al respecto.
En la última década en Serbia, los partidos de la oposición han sido aplastados y pacificados, los sindicatos son débiles, mientras que las personas que dirigen y trabajan dentro de la maquinaria del partido gobernante parecían inviolables. El régimen ha conseguido silenciar y descalificar las voces independientes, desde los intelectuales hasta los/as denunciantes de irregularidades, a través de los medios de comunicación temerosos y controlados por el gobierno. El miedo, la apatía y la resignación se habían instalado hacía tiempo. Por primera vez quizás en décadas, los/as estudiantes, que no tienen representantes, han empezado a representar a todas esas voces silenciadas. Solidarios entre sí, empezaron a apoyar en sus reuniones a otras voces disidentes: sindicatos dispersos, profesores, trabajadores postales y campesinos. Su ingenioso uso de las redes sociales ha empezado a contrarrestar el dominio mediático del régimen. En resumen, los/as estudiantes han conseguido sacudir y desorientar a un gobierno que durante años había comprado la dignidad de la gente o amordazado y menospreciado a quienes se atrevían a decir la verdad al poder.
De repente, no se puede encontrar ningún “líder” al que sobornar, difamar o desacreditar de cualquier otra forma con alguna vaga insinuación de ser un asalariado extranjero. Desde el nuevo año, las multitudes que se reúnen a diario en las calles de las principales ciudades, pero también de los pueblos más pequeños, para conmemorar las 15 vidas perdidas, no han hecho más que crecer. Con las administraciones universitarias y escolares al lado de sus estudiantes, el régimen ha sido incapaz de aislar y difamar su movimiento.
Lo que mejor sabe hacer este régimen ─ fomentar la violencia ─ no ha hecho sino enardecer las protestas. Un importante punto de encuentro tuvo que ver con Sonja, una estudiante de Derecho de veinte años, atropellada por un coche y transportada sobre su techo a gran velocidad durante varios metros antes de caer al suelo (a quien Novak Đoković envió un mensaje de apoyo durante el Abierto de Australia). Pocos días después, durante la jornada de “huelga general”, se produjo un atentado con coche casi idéntico contra manifestantes en otra parte de Belgrado. Luego los estudiantes protagonizaron un bloqueo de 24 horas de un importante cruce de Belgrado, que transcurrió en un ambiente jovial y animado y fue la primera protesta de los últimos dos meses y medio protegida por las autoridades. Sin embargo, esa misma noche, en Novi Sad, matones estrechamente relacionados con el partido gobernante agredieron a un grupo de estudiantes, dislocando la mandíbula a uno de ellos. Citando explícitamente este incidente, el Primer Ministro de Serbia se dimitió, al igual que el alcalde de Novi Sad.
¿Debería considerarse una victoria? Todavía no. La victoria podrá proclamarse cuando se satisfagan plenamente las demandas de los estudiantes. Su determinación debería hacer reaccionar a las instituciones. Su persistencia ha llamado a la valentía del público, y muchos han respondido valientemente. Lo que están haciendo los estudiantes serbios es nada menos que restaurar la esperanza democrática en un país que ha visto muy poca de ella y en un momento en que se está desmoronando en todo el mundo.