Por Edurne Cárdenas, activista feminista y abogada

Mi primera Comisión de la Condición Jurídica y Social de la Mujer (CSW) fue en 2007. Fui invitada por la International Women’s Health Coalition (IWHC) para participar en su primera edición de Advocacy in Practice, un espacio de formación y encuentro entre feministas y activistas de distintas regiones. Me deslumbró Nueva York en invierno, las oficinas hermosas de la organización, y sobre todo la constatación de ser parte de algo más grande: un movimiento amplio, diverso, transnacional, lleno de acentos, trayectorias e historias distintas. En ese espacio hice amigas que todavía conservo.
Ya había estado antes en la sede de Naciones Unidas, pero en un escenario completamente distinto. En julio de 2004 participé de la evaluación de Argentina ante el Comité CEDAW. Era Nueva York en verano, unas Naciones Unidas casi vacías, y una lógica de trabajo radicalmente diferente. Las dinámicas de un órgano de Tratado y las de la CSW no podrían ser más distintas. Mi cabeza de abogada joven, formada en estándares de derechos humanos y obligaciones internacionales, se enfrentó entonces a una lógica singular: discusiones minuciosas sobre palabras, fórmulas y matices que no se sostenían necesariamente en obligaciones jurídicas convencionales de los Estados, sino en declaraciones y compromisos políticos. Agreed language.
Recuerdo que en aquella 51 sesión, cuyo tema prioritario fue “Eliminación de todas las formas de discriminación y violencia contra la niña ”, me costaba entender por qué la discusión no giraba mucho más claramente en torno a los estándares jurídicos ya existentes, empezando por la propia CEDAW. Esa perplejidad inicial me acompañó durante años. La CSW opera en otro registro: más político, más inestable, más artesanal y, también, más exasperante. La Comisión es una comisión orgánica dependiente del Consejo Económico y Social, creada en 1946. Se trata de un órgano intergubernamental cuya lógica de producción normativa descansa menos en la exigibilidad jurídica inmediata que en la acumulación política de lenguaje, estándares y compromisos.
Ya entonces hace casi veinte años, la Comisión condensaba muchas de las disputas estructurales que siguen atravesándola hoy. Los pasillos de la ONU estaban repletos de gente, las negociaciones se extendían durante la noche (recuerdo alguna vez haber salido de dia del edificio, después de una noche entera siguiendo una negociación), la oferta de eventos paralelos dentro y fuera de la sede era abrumadora, y había algo electrizante en esa sensación de estar en medio de un espacio global donde se jugaban palabras que después se “traducirían” o aportarían a discusiones locales sobre leyes, políticas públicas, campañas y movimientos.
Volví a la CSW algunas veces desde entonces. Y muchas cosas cambiaron. El trabajo casi artesanal de recopilar lenguaje acordado, las noches enteras siguiendo negociaciones, los pasillos llenos a cualquier horas ya no son parte de la experiencia: hoy en día contamos con una sistematización mucho más sofisticada de la información, repositorios y bases de datos construidos por organizaciones feministas, e incluso el uso de inteligencia artificial para acceder más rápido a documentos y antecedentes. Al mismo tiempo, el achicamiento del espacio cívico, las restricciones presupuestarias del sistema de Naciones Unidas y el deterioro de las condiciones materiales del multilateralismo han transformado la experiencia misma de participar.
Hay cosas, sin embargo, que permanecen. La presencia de sectores contrarios a la agenda de género siempre estuvo ahí. No son nuevos. Pero sí han acumulado experiencia, sofisticación, coordinación y, en muchos casos, mayor capacidad de incidencia. Han aprendido a leer nuestros lenguajes, nuestros tiempos y nuestras tácticas. Y han aprendido también a operar dentro de estos mismos espacios.
Hay otra cosa que permanece, una sensación que compartí esta vez con varias colegas y amigas durante la semana de la CSW: en algún momento de esos días te invade una especie de vacío existencial. Una mezcla de cansancio, frustración y tristeza en la que una se pregunta qué sentido tiene estar ahí, cuánto cuesta movilizar recursos, tiempo y energía para sostener esa presencia, para correr de un evento a otro, para llenar salas, redactar mensajes, perseguir delegaciones (¡con suerte!), insistir una vez más.
Pero después, casi siempre, algo pasa. Aparece una conversación interesante. Reencontrás a una amiga. Conocés a alguien. Surge una idea. Se abre una discusión inesperada. Y, al final, salen unas conclusiones acordadas que, eventualmente, sirven para algo: para una incidencia nacional, para una interpretación política, para una defensa futura, para recordar que incluso una palabra sostenida en un texto multilateral puede convertirse más tarde en herramienta.
Pero en la CSW70 pasó algo distinto. Se trastocó una regla fundamental: el consenso.
La ruptura del consenso en CSW70 no fue un simple incidente procedimental. Fue la manifestación más visible de una transformación más profunda del espacio multilateral. La Comisión nunca fue un foro neutral ni plenamente participativo, ni estuvo exenta de crisis. Ya había conocido bloqueos severos, nulos avances en nuevo lenguaje, incluso sesiones en las que no fue posible adoptar Agreed Conclusions sobre el tema prioritario, como ocurrió en 2012, durante la 56 sesión, dedicada al empoderamiento de las mujeres rurales. Pero incluso esos antecedentes hablaban todavía de un impasse dentro de un marco compartido. Lo ocurrido en 2026 fue distinto: por primera vez en la historia de la Comisión, las Agreed Conclusions fueron adoptadas por votación y no por consenso. No fue solo una negociación difícil. Fue la evidencia de que una de las reglas políticas no escritas que sostuvo, durante décadas, la acumulación progresiva de lenguaje feminista en la CSW ya no podía darse por sentada.
La CSW como espacio contradictorio: ritual, archivo y disputa
Quienes volvemos una y otra vez a la CSW sabemos que su valor nunca fue lineal. Es, al mismo tiempo, un espacio profundamente frustrante y un espacio políticamente imprescindible. Un ritual diplomático agotador y una maquinaria de acumulación histórica. Un foro donde se pierden horas, recursos y energía, y también donde se sedimentan fórmulas, consensos, precedentes y vínculos que luego sostienen batallas nacionales, regionales e internacionales.
En ese sentido, la lectura de Sally Engle Merry sigue siendo extraordinariamente útil. En Human Rights and Gender Violence, Merry describe los espacios internacionales de negociación feminista como escenarios densos, altamente ritualizados, atravesados por jerarquías, lenguajes técnicos, performances diplomáticas y una compleja traducción entre activismo y burocracia global. Su mirada antropológica ayuda a nombrar algo que muchas hemos sentido en la CSW: el desconcierto de habitar un espacio que parece, a la vez, excesivamente formal y profundamente contingente; saturado de protocolo y, sin embargo, decisivo en la construcción de marcos políticos que después se traducen, viajan y se resignifican.
Esa intuición aparece de otra manera en la entrevista que AWID publicó con Cynthia Rothschild durante la CSW58, hace 12 años. Allí, Rothschild advertía que las discusiones en la Comisión “los debates nunca se refieren a una sola cosa”: el texto que se negocia cada año es apenas la superficie visible de disputas más amplias sobre legitimidad, poder geopolítico, religión, sexualidad, financiamiento, soberanía y los márgenes de lo decible dentro del sistema. Dicho de otro modo: en la CSW nunca se negocia solamente el tema prioritario. Siempre se negocia, también, el alcance del propio multilateralismo y quién puede nombrar el mundo dentro de él.
Anne Marie Goetz1 propone entender los espacios multilaterales no solo como escenarios de negociación entre Estados, sino como terrenos donde se libra una nueva competencia por el sentido mismo de las normas. Goetz recuerda que las instituciones globales funcionaron durante décadas como una “transnational opportunity structure” para los feminismos: un terreno fértil para construir lenguaje común, alianzas transnacionales, mecanismos de rendición de cuentas e institucionalidad de género. Pero justamente por eso se convirtieron también en un blanco privilegiado de una reacción conservadora transnacional cada vez más sofisticada. Su análisis sobre la CSW resulta especialmente iluminador para leer la sesión 70: no se trata solo de actores anti-derechos que bloquean desde afuera, sino de fuerzas que aprendieron a operar desde adentro del propio multilateralismo, apropiándose selectivamente de su lenguaje, explotando fisuras dentro del movimiento feminista, colonizando procedimientos, y desplegando lo que ella describe como una notable capacidad de “creative adaptation of feminist discourse”. Esa observación ayuda a nombrar algo muy reconocible en la CSW70: muchas de las ofensivas más peligrosas ya no llegan únicamente con el rostro frontal de la censura o la negación, sino revestidas de familiaridad institucional, tecnicismo procedimental o incluso un lenguaje aparentemente protector.
La propia Sonia Corrêa viene insistiendo desde hace años en algo similar: que las políticas anti-género no deben leerse como un exabrupto pasajero o como un residuo arcaico, sino como una racionalidad política compleja, cuidadosamente elaborada y transnacionalmente articulada, capaz de disputar sentidos desde dentro de los lenguajes de los derechos, la democracia, la soberanía e incluso la protección. Esta clave es fundamental para no subestimar lo que vimos en CSW70. No estamos frente a una mera “reacción conservadora”, no estamos frente a “actores anti derechos”: Estamos frente a una disputa estratégica por el significado de categorías, precedentes, interpretaciones y marcos institucionales que fueron centrales para la construcción de la agenda feminista global que podemos rastrear desde antes de Beijing hacia adelante.
ONU Mujeres: una conquista política bajo amenaza
Hay, además, otra dimensión que no puede quedar fuera de este análisis. En estos años, después de décadas de campaña y presión sostenida de organizaciones feministas y de derechos de las mujeres, surgió una agencia especializada dedicada a la igualdad de género: ONU Mujeres, lanzada en 2010 como resultado de la fusión de cuatro entidades previas del sistema (DAW, OSAGI, INSTRAW y UNIFEM). Esa creación no fue un mero reordenamiento administrativo: fue una conquista política del movimiento feminista global, una respuesta institucional a años de denuncia sobre la fragmentación, debilidad y falta de jerarquía de la arquitectura de género dentro de Naciones Unidas.
ONU Mujeres se define como la entidad de la ONU dedicada a la igualdad de género y el empoderamiento de las mujeres, con un mandato que combina tres funciones: apoyar a los órganos intergubernamentales en la formulación de políticas, normas y estándares globales; coordinar el trabajo del sistema de Naciones Unidas en materia de igualdad de género; y apoyar a los Estados en la implementación de esos estándares. ONU Mujeres actúa también como secretariado sustantivo de la CSW, preparando documentación, apoyando las negociaciones, organizando el proceso y sosteniendo buena parte de la infraestructura política e institucional que hace posible la Comisión.
Eso vuelve especialmente inquietante el contexto en el que se desarrolló la CSW70. Porque esta sesión no ocurrió en el vacío. Ocurrió en medio de las discusiones de UN80, una iniciativa lanzada por el Secretario General para responder a una combinación de crisis que incluyen problemas de financiamiento, impugnaciones políticas al sistema, desigualdades crecientes y cuestionamientos sobre eficacia institucional. En ese marco, una de las propuestas actualmente en evaluación es la posible fusión entre ONU Mujeres y UNFPA2. Los documentos de incidencia feminista sobre UN80 advierten con razón que esa propuesta no solo podría debilitar la especificidad del mandato de igualdad de género, sino también reabrir debates sobre mandatos, gobernanza y arquitectura institucional en un momento de ofensiva organizada contra la agenda de género y los derechos sexuales y reproductivos3.
Estos son precisamente los problemas que ONU Mujeres fue creada para resolver en 2010: la fragmentación, el subfinanciamiento, la falta de peso político, y no hay evidencia de que una fusión con UNFPA resuelva esos déficits; por el contrario, existe un riesgo real de diluir el mandato específico de igualdad de género dentro de un paraguas más amplio. Más aún: una eventual reforma requeriría una resolución de la Asamblea General y que no hay garantías de que los Estados que vienen atacando sistemáticamente la igualdad de género y los derechos sexuales y reproductivos no aprovechen ese proceso para reabrir o debilitar mandatos.
Por eso, leer CSW70 sin leer simultáneamente UN80 sería un error. Lo que se jugó en esta Comisión no fue solo una disputa anual sobre acceso a la justicia. Fue también una escena situada dentro de una crisis más amplia del multilateralismo: desfinanciamiento, chantaje político, amenazas de reestructuración, proliferación de espacios paralelos que erosionan el sistema desde adentro y desde afuera, y una creciente disposición de actores poderosos a usar el lenguaje de la eficiencia o la reforma para empujar reconfiguraciones con consecuencias profundamente políticas.
Lo que pasó en CSW70
La CSW70, dedicada a “Garantizar y fortalecer el acceso a la justicia para todas las mujeres y las niñas, entre otras cosas promoviendo sistemas jurídicos inclusivos y equitativos, eliminando las leyes, políticas y prácticas discriminatorias, y afrontando las barreras estructurales”, logró finalmente adoptar sus Agreed Conclusions. Y eso importa. Importa porque el texto contiene elementos valiosos: referencias al fortalecimiento de marcos legales, la eliminación de barreras estructurales, la participación de la sociedad civil, el financiamiento flexible y plurianual para organizaciones, la protección del espacio cívico, la atención a las violencias facilitadas por tecnología, y la necesidad de enfoques integrales e interinstitucionales para el acceso a la justicia4.
Pero sería ingenuo leer esa adopción como una simple victoria lineal. La propia forma de adopción convirtió el resultado en un parteaguas. Según el comunicado oficial de UN Women sobre los resultados de la CSW 70, las Agreed Conclusions fueron adoptadas por 37 votos a favor, 1 en contra (Estados Unidos) y 6 abstenciones. Esa sola cifra rompe con décadas de práctica política de la Comisión.
Y no fue el único hecho extraordinario. En el cierre de la sesión, Estados Unidos impulsó una resolución independiente destinada a imponer una lectura restrictiva y binaria del término “gender”, intentando sostener que la Declaración y Plataforma de Acción de Beijing habría definido el término como referido a “men and women”. Esa afirmación fue fácticamente incorrecta. Como subrayó el Women’s Rights Caucus en su declaración feminista cruzada sobre CSW70, el Anexo IV del informe de Beijing no definió “gender” ni estableció que el término significara “men and women”; esa formulación simplemente no aparece en el texto.
La respuesta de los Estados fue políticamente importante. Bélgica impulsó una “motion for no action” para impedir que esa resolución siguiera su curso, y la moción fue aprobada con 23 votos a favor, 3 en contra y 17 abstenciones, bloqueando así la maniobra estadounidense. El Women’s Rights Caucus lo leyó con precisión: no se trató solo de derrotar una resolución mala, sino de defender la integridad de marcos acordados, la credibilidad del sistema y la imposibilidad de reescribir retroactivamente Beijing por vías procedimentales alternativas.
Pero incluso esa derrota de Estados Unidos no debería producir una lectura complaciente. El propio Women’s Rights Caucus advirtió que “El hecho de que este intento haya llegado siquiera al pleno es, en sí mismo, motivo de preocupación” y que las dinámicas observadas en esta sesión “no son hechos aislados”, sino parte de “esfuerzos más amplios, coordinados y en curso por parte de actores anti-derechos para revisar y reconfigurar compromisos ya establecidos.” Es una advertencia crucial. Lo preocupante no es solo que el intento haya fracasado. Es que haya sido políticamente imaginable, procedimentalmente posible y diplomáticamente defendido.
En cierto sentido, lo más importante de CSW70 no es solo el voto. Es el cambio de clima. El desplazamiento de umbral. La sensación de que algunas reglas implícitas que todavía ordenaban la disputa se están erosionando.
Durante años, muchas feministas sostuvimos una relación ambivalente con la CSW. La criticamos por su ritualismo, su agotamiento, sus inequidades, sus límites, y sus jerarquías. Y, al mismo tiempo, la defendimos porque sabíamos que seguía siendo uno de los pocos espacios multilaterales donde todavía era posible acumular lenguaje (más bien solo proteger en los últimos años), construir precedentes, sostener alianzas y hacer pedagogía política.
Eso sigue siendo cierto. Pero hoy ya no alcanza con defender la Comisión en abstracto. Hay que leerla como parte de una crisis estructural del multilateralismo. Una crisis donde el desfinanciamiento no es neutral. Donde la precarización institucional no es solo administrativa. Donde las propuestas de “reforma” pueden operar como mecanismos de desmantelamiento selectivo. Donde proliferan espacios paralelos que desgastan la legitimidad del sistema mientras imitan su gramática. Y donde actores estatales y no estatales anti-derechos ya no se limitan a bloquear avances: buscan reinterpretar retrospectivamente consensos previos, vaciar categorías, reabrir textos y colonizar procedimientos.
Eso es, en buena medida, lo que vimos en CSW70.
Y sin embargo, seguimos yendo
Seguimos yendo porque, como enseñó Beijing, una palabra acordada puede durar décadas. Porque una formulación aparentemente modesta, una referencia a financiamiento, participación o no discriminación puede convertirse después en soporte para una estrategia local, regional o internacional.
Seguimos yendo también porque, incluso en los peores momentos, la CSW sigue produciendo algo que no cabe del todo en sus documentos finales: encuentro político. Reencuentro. Circulación de ideas. Articulación intergeneracional. Afinación de lecturas. Construcción de confianza. Diagnóstico compartido. Estrategia. Y, a veces, la convicción renovada de que, aunque el sistema esté en crisis, no podemos dejar el terreno vacío.
La CSW70 dejó una enseñanza incómoda pero útil: el consenso ya no puede asumirse como una garantía, y la mera existencia de la arquitectura institucional tampoco. Si algo mostró esta sesión es que el archivo feminista multilateral no se sostiene solo por inercia. Se sostiene porque hay movimientos, organizaciones, redes y aliadas que lo defienden activamente, que conocen los textos, que cuidan el procedimiento, que detectan la falsificación, que sostienen presencia y que reaccionan a tiempo.
En ese sentido, la defensa de la CSW hoy ya no puede ser nostálgica. No se trata de añorar un multilateralismo que nunca fue idílico. No se trata de defender el Status Quo. Se trata de asumir que estamos en otra etapa. Una etapa en la que habrá que defender con más lucidez la herencia institucional construida, resistir el uso de la crisis como excusa para el ajuste selectivo de la igualdad, y al mismo tiempo imaginar y disputar un nuevo multilateralismo más democrático, más feminista, más redistributivo y más políticamente honesto. Volver a los básicos.
Porque, al final, quizás eso fue también lo que dejó esta CSW70: no solo una alarma, es la constatación de que la defensa del lenguaje acordado, de la arquitectura institucional y del espacio multilateral no es una tarea técnica. Es, otra vez, una tarea profundamente política.
- Vease Anne Marie Goetz, “The New Competition in Multilateral Norm-Setting: Transnational Feminists & the Illiberal Backlash,” Dædalus 149, no. 1 (2020): 160–175. ↩︎
- Fondo de Población de las Naciones Unidas. ↩︎
- Véase https://fosfeminista.org/news-and-stories/getting-un80-right-protecting-mandates-while-improving-coordination/; véase también https://static1.squarespace.com/static/61e1b12a508a8863b0dded9a/t/69b103637461ef60838631f0/1773208419908/UN80_FAQs.pdf ↩︎
- Vease la declaracion del Women’s Rights Caucus (WRC) ↩︎